Se gira, abre la caja. Da el cambio. Sonríe. Siguiente. Pregunta, sirve, coge el dinero, va a la caja, sonríe. La campana de la puerta no deja de sonar. Mira el reloj. Observa, parece que busca. No encuentra.
Intento bajar siempre a la misma hora, aunque no es fácil. Siempre hay gente. Demasiada gente. Incluso cola en la puerta. Me asomo por la ventana. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Aun no. Espera. Me rugen las tripas. No hay coches. Dinero, llaves, portazo, cruzo.
-Una barra de pan y un croissant.
-Dos cincuenta.
Apenas puedo mirarle. Sus ojos verdes me leen en una milésima de segundo. Tiene las manos grandes, fuertes. Huele a chocolate caliente, a rosquillas de almendra, a pan recién hecho, crujiente y jugoso.
La primera vez que le vi noté un escalofrío recorriendo mi espalda hasta la nuca, una corriente eléctrica, como un chispazo de frío.
Creo que no me ve. Que no sabe ni que existo. Apenas me mira cuando me da el pedido y yo no me atrevo a quedarme. A veces disimulo, rebusco en mis bolsillos como si hubiera perdido algo, miro el reloj, me arreglo el pelo. Pero todo eso se hace en apenas unos segundos y no se me ocurre qué más hacer para estar un rato, para ver qué pasa. Me gustaría pedir más cosas, otros dulces, más barras de pan, galletas de nata. Pero de mi boca no sale nada. Me doy la vuelta y me voy.
Cierra a las ocho. Recoge las sobras, las mete en cajas. Guarda los pasteles del mostrador en la nevera. Guarda el dinero en una caja cuadrada y con llave. Barre y friega el suelo. Se quita el delantal, lo cuelga. Coge la chaqueta y baja la persiana. Camina unos metros, abre la puerta y sube a su casa.
Veo cómo enciende la luz y espero. Agachada detrás de la cortina, con la casa a oscuras para que nadie me vea. Apenas puedo respirar. Me siento como una intrusa. No he hablado con él jamás, pero siento que le conozco desde siempre. Enciende la luz de la cocina, prepara algo de cenar, sale. Vuelve al cabo de un rato, con el pelo mojado. Se sienta a comer mientras mira el móvil. En un momento saldrá a pasear su perro. Una hora exactamente. Lo imagino corriendo, jugando a lanzarle un palo, acariciando su lomo peludo, riéndose juntos.
Me gusta su sonrisa. Abierta y sincera. Como sus ojos. Si me miran directamente no sabré dónde esconderme.
A las once apaga todas las luces. Hasta las seis. Puedo oler su café desde mi ventana, que dejo abierta solo para que entre el aroma mientras preparo el mío. Hace ya cuatro años que le miro.
Ayer fue la última vez que le vi.