Todavía era de noche cuando subió al tren. Encogida en el abrigo, sus pequeñas manos apenas asomaban lo suficiente para aferrarse fuerte a la barandilla y respirar hondo. En sus ojos, tan solo dos lágrimas, las últimas que le quedaban después de una noche en vela.
Se sentó lo más lejos que pudo y se arrugó dentro de su abrigo hasta casi desaparecer. ¿O quizá ya había desaparecido? Alba siempre pensó en ese momento. En ese tren. En ese minuto y en ese espacio. En ese viaje de vuelta a casa después de tantos años, en ese camino de felicidad junto al amor de su vida.
Con los ojos bien abiertos de recuerdos, llenos de historias por escribir, la ilusión saliendo a borbotones por todos los poros de su piel. Radiante de futuro, después de tanta miseria, un respiro, un oasis, la felicidad completa. Un minuto eterno.
El cristal se empaña, el tren arranca despacio, Alba se gira y mira atenta la estación. Los abrazos de acogida, las manos despidiéndose emocionadas , el traqueteo acelerando, los campos verdes de trigo , las amapolas flotando. Alba mira y una nueva lágrima asoma a su rostro mientras agarra con fuerza entre sus manos las cenizas de su amor.