Mi madre me cogió en brazos y me tapó la cara, escondiéndome entre su bufanda. Sé lo que quería, pero no le hice caso. Encontré un hueco y miré mi casa. La tercera ventana, justo encima de la tienda de Mon. Pero ella no está. La puerta tampoco, solo un montón de piedras y tubos y cristales rotos. Y una bota. Y un gorro rojo, como el que llevaba mi vecina la llorona ayer por la tarde, cuando se hizo de noche y había mucho ruido y a mi madre le dio por cantar muy alto y abrazar a mi padre y recoger cosas. Ratón casi se queda -no cabe en la mochila-, me ha dicho mamá. Pero yo lo he apretado mucho y lo he metido en el bolsillo de mi chaqueta. No puedo dormir sin él. Asusta a mis pesadillas. Podría ir andando. Tengo cinco años. Pero mamá no quiere. Esta mañana la he oído llorar cuando se despedía de papá. Está triste. Pero he cogido una moneda de la mesa de la cocina y, cuando volvamos, le voy a comprar una chocolatina de las que le gustan, con el papel dorado. Pero antes Mon tiene que arreglar la puerta.