(2)Dos cincuenta
Se gira, abre la caja. Da el cambio. Sonríe. Siguiente. Pregunta, sirve, coge el dinero, va a la caja, sonríe. La campana de la puerta no deja de sonar. Mira el reloj. Observa, parece que busca. No encuentra.
Intento bajar siempre a la misma hora, aunque no es fácil. Siempre hay gente. Demasiada gente. Incluso cola en la puerta. Me asomo por la ventana. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Aun no. Espera. Me rugen las tripas. No hay coches. Dinero, llaves, portazo, cruzo.
-Una barra de pan y un croissant.
-Dos cincuenta.
Apenas puedo mirarle. Sus ojos verdes me leen en una milésima de segundo. Tiene las manos grandes, fuertes. Huele a chocolate caliente, a rosquillas de almendra, a pan recién hecho, crujiente y jugoso.
La primera vez que le vi noté un escalofrío recorriendo mi espalda hasta la nuca, una corriente eléctrica, como un chispazo de frío.
Creo que no me ve. Que no sabe ni que existo. Apenas me mira cuando me da el pedido y yo no me atrevo a quedarme. A veces disimulo, rebusco en mis bolsillos como si hubiera perdido algo, miro el reloj, me arreglo el pelo. Pero todo eso se hace en apenas unos segundos y no se me ocurre qué más hacer para estar un rato, para ver qué pasa. Me gustaría pedir más cosas, otros dulces, más barras de pan, galletas de nata. Pero de mi boca no sale nada. Me doy la vuelta y me voy.
Cierra a las ocho. Recoge las sobras, las mete en cajas. Guarda los pasteles del mostrador en la nevera. Guarda el dinero en una caja cuadrada y con llave. Barre y friega el suelo. Se quita el delantal, lo cuelga. Coge la chaqueta y baja la persiana. Camina unos metros, abre la puerta y sube a su casa.
Veo cómo enciende la luz y espero. Agachada detrás de la cortina, con la casa a oscuras para que nadie me vea. Apenas puedo respirar. Me siento como una intrusa. No he hablado con él jamás, pero siento que le conozco desde siempre. Enciende la luz de la cocina, prepara algo de cenar, sale. Vuelve al cabo de un rato, con el pelo mojado. Se sienta a comer mientras mira el móvil. En un momento saldrá a pasear su perro. Una hora exactamente. Lo imagino corriendo, jugando a lanzarle un palo, acariciando su lomo peludo, riéndose juntos.
Me gusta su sonrisa. Abierta y sincera. Como sus ojos. Si me miran directamente no sabré dónde esconderme.
A las once apaga todas las luces. Hasta las seis. Puedo oler su café desde mi ventana, que dejo abierta solo para que entre el aroma mientras preparo el mío. Hace ya cuatro años que le miro.
Ayer fue la última vez que le vi.
(1)Una barra de pan y un croissant
Se asoma despacio. Mira. Todo bien. Da un trago al café. Se vuelve a asomar. Corre las cortinas por si acaso. Es de día. Es poco probable que pase por aquí. Pero, ¿y si pasa?, ¿y si vuelve sobre sus pasos ahora, que aún es pronto? Ahora, que aún hay tiempo. Uno. Dos, tres, cuatro. Blanco, rojo, verde, negro.
Se frota las manos. Hace frío o son nervios. Vuelve a mirar. Las tres y diez. Otro sorbo y se vuelve a asomar. Deja el café en la mesilla, se pone los zapatos, coge el chubasquero, las llaves y sale dando un portazo.
-Una barra de pan y un croissant, por favor.
-Dos cincuenta
La calle está desierta.
Cruza y entra.
Sale y el viento le da en la cara, le revuelve la melena, le quita la capucha. Se la recoloca, se encoge en la chaqueta y vuelve a cruzar. Entra a toda prisa, se descalza y engulle la barra de pan. Al café aún le queda un sorbo, frío pero dulce.
Cuando la conocí debía tener 17 años. Flaca como el palo de una escoba, callada como una momia, pero con unos ojos profundos y bellos, como dos almendras tostadas. Llovía. A cántaros. Entró como un suspiro y, sin apenas mirarme, me pidió una barra de pan y un croissant. Desde entonces no ha faltado ni un solo día. Y ya han pasado cuatro años. Y eso son muchas barras de pan y muchos croissants. Exactamente 1.460 barras de pan y 1.460 croissants.
Las primeras dos semanas me picó la curiosidad. ¿Quién es? ¿de dónde viene? ¿Por qué está tan flaca si come tanto pan? Eso, claro, no se lo pregunté, aunque si que hice algún intento por saber. En vano. Creo que solo abría la boca para pedir y comerse el pan.
Un día de diciembre, con la nieve por las rodillas, entró tiritando y apenas pudo pronunciar su pedido. Ya no hacía falta. Le di lo que quería y un vaso de chocolate caliente. Me miró de reojo, agarró el vaso y lo engulló ardiendo como si fuera lo único caliente que hubiera tomado en su vida. En ese momento pensé que le había abrasado el gaznate. La miré asustado, esperando que reaccionara…y reaccionó. Me miró, me sonrió, me pagó y salió con la misma prisa con la que entró.
A partir de ese momento ya no pude pensar en nada más. Ni en los rollitos de anís, ni en las nueces garrapiñadas, ni en los bollos rellenos de nata ni en los troncos de crema helada. Mi único pensamiento era verla entrar por la puerta y escuchar su voz. Quería saber más: saber dónde vivía, con quién, qué quería en la vida, aparte de una barra de pan y un croissant, claro.
Me preguntaba todo sobre ella, pero no me atrevía a preguntárselo a ella.
Y fue pasando el tiempo. Nuestro único lazo era ese momento. Esos exactamente cinco minutos al día que yo intentaba alargar con un vaso de chocolate caliente, un café con leche, un batido de vainilla o un granizado de limón, según la estación del año. Descubrí, sin embargo, muchas cosas sobre ella. Cuando hacía sol y apenas una brisa suave, descalzaba sus pies en unas sandalias de cuero marrón y se ponía una falda larga y azul, y una camiseta del color del coral. Su pelo, castaño y, apenas ondulado, caía sobre sus hombros. Esos días soleados su sonrisa era amplia y sus ojos inmensos. Su andar ligero, casi volátil y abierto como las plumas de un flamenco cuando cruza el mar. Pero los días de frío y lluvia apenas podía encontrarla bajo su abrigo raído. Encogida dentro de las solapas gigantes, levantaba la mirada para pedirme el pan. Alguna vez, al coger las monedas, toqué sus dedos, finos, largos y congelados, como ramas de vid retorcidas y hambrientas de sol.
Solo entraba en la tienda si estaba vacía y, si mientras esperaba el pedido, entraba alguien, le daba la espalda y agachaba la cabeza, cogía de lado su barra de pan y su croissant y salía deprisa. Con el tiempo, aprendí a hacerle señas para avisarla cuando entraba gente, sobre todo cuando entraban varias personas a la vez. Notaba que sufría, que quería desaparecer, incluso en los soleados y calurosos meses de verano, en los que brillaba como la luna llena.
Alguna vez, estando la tienda vacía, noté que se esperaba un poco más de tiempo. Quizá uno o dos minutos más. Miraba su barra de pan, tardaba en guardar el cambio en su bolsillo, le echaba un vistazo a los pasteles. En esos apenas dos minutos, yo albergaba la esperanza de que me pidiera algo más, de que me hablara. Pero no lo hizo. Yo intenté una vez preguntarle si quería algo más, algo diferente a su barra de pan y su croissant, pero las palabras se me atascaban en la garganta y tardaban tres o cuatro o cinco minutos en salir…y para entonces, ya era tarde. Ella había cruzado la calle.
Descubrí también que vivía justo enfrente de la panadería y pasaba buenos ratos mirando hacia su ventana, intentado adivinar si estaba en casa, qué hacía, adónde iba y de dónde venía. Solo alguna vez intuí su sombra mirando hacia la calle, su silueta estilizada, el pelo suelto, la forma de su cara. O puede que lo imaginara.
Una noche, al cerrar la tienda, me atreví a cruzar la calle, y me quedé plantado, como un pasmarote, enfrente de su puerta, esperando una señal del destino: que ella la abriera. Imaginé miles de veces ese encuentro, y siempre era feliz. Yo esperaba en su puerta, ella bajaba y salía, yo le hablaba, ella me sonreía. Yo le preguntaba, ella me decía que sí.
Hubiera dado todo lo que tenía por reconfortar su frío, por abrazarla y darle calor, por recuperar el color que no llegaba hasta bien pasada la primavera.
Pero no hubo tiempo. Yo que pensé que tendría todo el del mundo. Yo que me sentía joven y fuerte. Dejé pasar los años. Por miedo, por vergüenza, por no atreverme a ir más allá de unas bebidas calientes y un poco de pan.
Ayer fue la última vez que la vi.
El principio del final
Como una espiral.
Sin cerrar el círculo, ni dejarlo de cerrar.
Como un laberinto infinito de curvas,
relleno de baches, espeso de niebla, sediento de sal.
Como esas petxinas diminutas que arrastran una y otra vez las olas.
Las ocupan cangrejos solitarios y las dejan de ocupar.
Las invade la arena rasposa y las libera el agua del mar.
Tina Serrat